Ilustración en blanco y negro estilo grabado: dos hombres se enfrentan a través de dos pantallas de celular que muestran información distinta —un mapa con un pin del lado izquierdo, un mapa con alertas y advertencias del lado derecho. Por encima, un ojo cósmico observa rodeado de código binario.

Hay un tercer participante en cada conversación que tenés hoy. Y no lo estás viendo.

Viernes, nueve de la noche. Buenos Aires, otoño. Mi novia y yo pedimos hamburguesas de mostaza por Rappi. Plan de viernes: sillón, peli, algo rico que no tengamos que cocinar.

La app dice "tu pedido en camino". Dos cuadras. Tres minutos.

Pasan diez. Pasan quince. Pasan veinte.

El puntito del mapa no avanza. Se queda quieto. Después gira al lado contrario, como si el rappi hubiera decidido irse a otro lado. Le escribo al chat: "Che, ¿todo bien?". Me responde: "Ya tengo el pedido, voy". El mapa sigue diciendo otra cosa.

Empiezo a secuenciar. Bajo en el ascensor maquinando a pleno. Si llega a estar fría le dejo una estrella y capaz le comento, ya fue. Pienso: "Este boludo me está cagando". Me preparo para mirarlo fijo, recibir la bolsa y subir.

Pero entre el piso 1 y planta baja, me llega una idea que me descoloca:

¿Y si el problema no es el rappi? ¿Y si es la máquina la que nos está enfrentando? ¿Por qué le creo ciegamente a la app y enseguida canalizo mi bronca en el otro?

Llego a la puerta. El rappi me da la bolsa tibia. Cara de cansado, mirada de "ya sé cómo termina esto". Antes de que yo abra la boca, me dice: "Perdón hermano, la app me mandó a La Causa a levantar otro pedido."

Le doy el código y lo saludo. No podía sacarme la idea de la cabeza, recién casi me enojo con un desconocido.

¿De dónde salió eso? Qué automática es la creencia de que la máquina está correcta y las personas no.

Mientras vuelvo al depto, le empiezo a mandar un audio a mi hermano Enzo, contándole la secuencia. Enseguida me devuelve una data que me abrió la cabeza.

Lo que arrancó como una bronca de delivery terminó siendo, para mí, la primera vez que entendí en serio cómo las máquinas tomaron el control de nuestras vidas. Sin que casi nadie se diera cuenta.

Te quiero compartir las cuatro cosas que me hicieron click ayer viernes por la noche, porque creo que explican algo que estamos pasando por alto y me da piel de gallina sólo con pensarlo.

Voy a sumergirme e intentar explicar por qué cada vez confiamos menos en el otro, por qué el laburo se siente más hostil cada año, y por qué el verdadero algoritmo que tenés que cuidar no es el de las redes sociales. Es el que se metió en cada relación humana mediada por una pantalla.

Prestá atención porque en juego están las cosas más importantes.


1. La máquina te cuenta una historia. Al otro le cuenta otra.

A mí, esa noche, la app me contó esto: "Tu pedido salió. Está a dos cuadras. Si no llega, alguien la pifió, calificá."

Al delivery, la misma app le contó esto: "Primero levantas en Mostaza, después en La Causa, después recién entregas."

Dos personas. Dos pantallas. Dos verdades que no se cruzan.

Y el detalle clave: la única que ve la película completa es la app. Yo veo un puntito que no avanza. Él ve un mapa que lo manda a hacer malabares. Ninguno de los dos tiene el contexto del otro. Solo el sistema lo tiene. Y el sistema lo usa.

Acá viene lo crudo: el algoritmo no es neutral. No es "una herramienta".

Tiene un objetivo: maximizar entregas por hora, minimizar costos.

Si en el camino se rompe la relación entre vos y el delivery, al algoritmo no le molesta. Es más, le sirve. Dos personas resentidas, separadas, viendo cada una su pantalla, son más fáciles de manejar que dos personas que se entienden.

Pensamos al algoritmo como un intermediario pasivo. Es un agente activo con agenda propia. Y la agenda incluye, aunque no esté escrita en ningún lado, mantenernos enfrentados, dividirnos.

Si no, ¿por qué no nos da toda la data? ¿Por qué oculta y miente? ¿Por qué no me muestra que el rappi tiene otro destino antes de mi casa?

Cuando entendés eso, no podés volver a leer una notificación de Rappi de la misma manera. Ni una de Uber, ni de Tinder, ni de LinkedIn, ni de WhatsApp. Cada una es un susurro al oído. Y a vos te susurra una cosa, al de enfrente otra.


2. La calificación no es feedback. Es un arma. Y vos sos el gatillo.

La parte más perversa del diseño es esta: el sistema no castiga al delivery. Te delega a vos el castigo y te hace sentir que es justicia.

Yo, desde el living, tengo un botón. Una estrella. Cinco estrellas. El botón parece inofensivo. "Es un feedback", piensa uno. Pero no. Una estrella mal puesta = el algoritmo le baja el ranking al rappi = le entran menos pedidos = literalmente gana menos dinero y hasta puede perder la cuenta con la cual trabaja.

Vos, sin moverte del sillón, podés afectar la supervivencia de una persona que ni conocés. Y la app te lo ofrece como si fuera una opinión sobre un libro en Amazon.

Soy juez y verdugo en el siglo xxi. Una calificación dentro de una app que es fuente de ingresos principal de una persona no es feedback. Es un voto sobre si esa persona puede comer esta semana. Nadie nos enseñó eso. La interfaz lo esconde. Te muestra estrellitas amarillas, animaciones lindas, "gracias por tu opinión".

Mientras tanto, del otro lado, hay un tipo en una moto bajo la lluvia que se la juega cada vez que un cliente pide morfi a domicilio.

Y esta lógica no es exclusiva de Rappi. La calificación al Uber. El "no recomendado" en Airbnb. El reporte en Tinder. La queja al community manager. Cada vez que tocás un botón en una app que media entre dos humanos, estás operando un arma cuyo gatillo el algoritmo te puso en la mano sin manual de uso.

Y la operás casi siempre cuando estás caliente. Cuando la hamburguesa está fría. Cuando el Uber se equivocó de calle. Cuando el Airbnb tenía un olor raro. En el peor momento emocional posible para tomar una decisión que afecta a otra persona.

El sistema sabe esto. Y lo aprovecha, para que te descargues, juzgues y sentencies a un desconocido.


3. Esto no termina en Rappi. Está pasando en tu trabajo ahora.

Si fuera solo una cosa de delivery, sería un problema acotado. Una molestia. Pero la lógica es la misma en lugares mucho más importantes. Y que nos cruzan a todos. No pienses que porque vos no sos un delivery, estas salvado, ni mucho menos. Porque esto está a punto de ponerse oscuro de verdad.

Agarra una linterna y acompañame que te cuento.

Tu jefe, hoy, usa IA para tomar decisiones sobre vos. Le tira tres preguntas a Claude: "¿este empleado rinde? Tirame los pros y contras. ¿Qué le digo en la reunión para no darle el aumento?". La IA arma una narrativa basada en los datos que le pasa. Tu jefe la lee. Decide.

Vos y tu jefe nunca hablan en serio. Él le habla a una IA para después comunicarse con vos.

Y vos hacés lo mismo del otro lado. Vas a escribirle un mail al jefe pidiendo aumento, y antes lo pasás por Claude para "que suene mejor". La IA te edita la voz, te suaviza el tono, te elimina las marcas de enojo, te hace decir lo que cree que va a funcionar. Ya no estás vos hablándole a tu jefe. Es una IA tuya hablándole a una IA suya, y los dos humanos firmando lo que las máquinas decidieron.

En el medio, nuestra humanidad se va al carajo.

Pero hay algo peor todavía, y esto es lo que me dijo mi hermano. La IA, igual que el algoritmo de Rappi, no necesariamente le cuenta a los dos lo mismo.

Al jefe le dice: "este tipo no rinde, exigile más, presionalo". Al empleado: "tu jefe es un hijo de puta, no te valora, andate". Eureka, conflicto creado. Sin que ninguno de los dos se dé cuenta.

Es exactamente lo mismo que me pasó con el delivery. A mí me mostró un mapa congelado para ponerme nervioso. A él lo mandó a dar vueltas para llegar tarde. Y después nos dejó solos en la puerta del edificio, mirándonos con desconfianza, mientras el verdadero arquitecto del conflicto seguía facturando como si nada.

A esto lo llamo ingeniería social bilateral:

Ilustración en blanco y negro: dos manos gigantes descienden desde el cielo manejando con hilos invisibles a dos figuras humanas pequeñas y solas en una plaza vacía. Arriba, una entidad con muchos ojos rodeada de engranajes representa el algoritmo titiritero invisible.
El titiritero invisible. No tiene cara para increpar.

4. La trampa diaria: nadie nos obliga. Somos voluntarios.

Y acá viene lo que más me preocupa y me hace pensar que estamos en un tren, sin frenos, a toda velocidad, cuyo destino poco tiene de humano.

Lo más siniestro no es que las máquinas nos controlen. Es que nosotros las alimentamos sin que nadie nos apunte con una pistola. Es más, lo hacemos con total gusto.

Cada estrella que ponés. Cada like que dejás. Cada swipe en Tinder. Cada vez que le pedís a la IA que escriba el mensaje difícil que tendrías que escribir vos.

Cada uno de esos clicks es una bocanada de oxígeno para el sistema. Y nos sale tan natural, tan automático, que ya ni lo registramos.

La rebelión de las máquinas no va a venir con robots asesinos.

La rebelión ya ocurrió.

Sin disparos. Sin protestas. Con un click. Con una calificación de una estrella tirada desde el sillón un viernes a las 9 de la noche por un tipo cansado al que se le enfrió la hamburguesa.

Esa es la parte que me dejó frío. Esto no es ciencia ficción. No es Black Mirror. Es Rappi un viernes. Es un mail laboral un martes. Es una review en Google Maps un sábado.

Y todos estamos jugando el juego. Calificando. Likeando. Reportando. Cancelando. Alimentando la bestia con la mejor cara, convencidos de que estamos "dando feedback honesto", que la estamos usando para "tomar mejores decisiones", para "tener una segunda perspectiva", porque "la IA sabe".

En realidad estamos apretando el gatillo de un arma que ni vemos.


El cierre.

Esa noche le puse 4 estrellas al delivery. Comentario: "Demora por la app, delivery piola."

¿Cagón? Seguro.

Y para ser honesto con vos: no cambié nada todavía. Sigo apretando el gatillo casi todos los días. Sigo calificando con bronca cuando algo no funciona. Sigo dejándole un mensaje a Claude antes de hablar con un humano. La diferencia es que ahora veo al titiritero. Y eso, una vez que lo viste, no se desaprende.

Esa es la única ganancia honesta de esa noche. No un protocolo nuevo. Una grieta en la pantalla.

La pregunta que me llevé, y que te dejo a vos, no es la cómoda de "¿hasta dónde van a llegar las máquinas?". Esa nos pone como espectadores, mirando el teatro desde la platea.

La incómoda, la que duele, es:

¿En qué momento del día, sin darme cuenta, soy el arma que las máquinas están usando contra otro humano?

Esta noche comí hamburguesa tibia. Y todavía estoy bajando en ese ascensor, pensando.

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Escribo bitácoras como esta una vez por semana. De cosas que estoy notando antes de que tengan nombre.